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El silbo apacible de la voz de Dios

Sunday, January 17th, 2016

Desde hace más de una década que todos los eneros me escapo a un retiro de silencio. Me retiro a pasar tiempo a solas con el Señor y meditar en el año que está empezando.

A este retiro llevo mi Biblia y algunos libros pero también me llevo un cuaderno vacío. En esas hojas voy a escribir ideas pero sobre todo, voy a escribir preguntas. Preguntas que le hago a Dios.

No necesariamente son preguntas teológicas aunque a veces si le hago algunas, sino preguntas prácticas. ¿Cuáles deben ser mis prioridades este año? ¿A qué voy a darle especial atención en mi carácter? ¿Cómo puedo ser un mejor líder en mi hogar y en mi rol en la aldea global en este nuevo año si me lo permites vivir? ¿A qué tipo de proyectos debo decirle que si y a cuales no en este año?

Y allí me quedo, hasta que lentamente comienzo a escribir respuestas que son fruto del silencio.

En la mayoría de las ocasiones voy a lugares de playa. El mar tiene esa curiosa virtud de expresar tranquilidad y bravura a la vez. Dejo el teléfono a un lado y me conecto con mi familia en la mañana y en la noche al irme a dormir. Y nada más. El resto es silencio con la excepción de cuando me siento a comer y converso con quien me atienda.

El hacer silencio y el tener preguntas tienen mucho más que ver con la oración de lo que sospechamos. La tradición cristiana reciente, nos enseñó que orar es “hablar” con Dios y en las versiones más modernas incluso agregamos algunas palabras que nos suenan un poco más seductoras como “declarar” y hasta “decretar”. Pero de hacer…. ¿silencio? Y hacer…. ¿preguntas? muy raramente hacemos eso. Tanto el silencio como las preguntas nos incomodan. Nos desacostumbramos a ellas al punto a que si en nuestras reuniones hay tres segundos de silencio, inmediatamente sube algún músico a rellenar el ambiente para que las emociones no bajen y el culto “se sienta” mejor. Y ¿preguntas? En la mayoría de las iglesias de hoy estamos demasiado ocupados para preguntas. Las preguntas son terroristas rebeldes que demandan reflexión y hasta osan reclamar intimidad, y eso parece ser demasiado pedir en la sociedad e iglesia de hoy.

Dallas Willard, el autor y profesor de espiritualidad con quien tuve el privilegio de estudiar en Fuller Theological Seminary, solía decir que cuando nos retiramos intencionalmente a la soledad, nos encontramos con nosotros mismos y allí también podemos escuchar el silbo apacible de la voz de Dios en nuestro interior.

¿Será que no escuchamos la voz de Dios tan seguido porque pasamos demasiado tiempo rodeados de ruido y hablando?

La voz de Dios santifica y por eso la espiritualidad requiere silencio. Tenemos que escucharlo a Él.

Si la oración se trata de darle órdenes a Dios o de intentar torcer el brazo de su voluntad, siempre va a ser improductiva. El creador de un universo que se sigue expandiendo no sigue ordenes desde una microscópica partícula de polvo llamada tierra y menos de una aún más microscópica persona ni aunque salga en TV y sea popular entre los hombres. Dios es Dios. Nosotros no.

Y me gustaría tener el privilegio de no ofender a nadie con esto…. pero… ¿decretar? ¿Qué creemos? Que los ángeles salen despavoridos cada vez que escuchan a la profeta gritar que “decreta” algo diciendo: “¡Hey, vamos rápido, hay que actuar, no sea que se le explote la vena de la garganta de tantos gritos!”

Dios escucha nuestros pedidos como cualquier padre que le presta atención a sus hijos. Pero ¿darle órdenes? Es mejor tener en claro que la oración que funciona es la que intenta calibrar nuestra voluntad a la de él y no la de él a la nuestra.

El sabio autor del libro de Eclesiastés escribió:
“Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para callar, y un tiempo para hablar” (Eclesiastés 3:1 y 7)

Y luego el apóstol Santiago agregó:
“Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo. Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal. Fíjense también en los barcos. A pesar de ser tan grandes y de ser impulsados por fuertes vientos, se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto.” (Santiago 3:2-4)

Santiago está hablando de la lengua. Según el apóstol, la lengua tiene más que ver con la santidad que el alcohol, las drogas o los tatuajes.
Controlar la lengua es una de las más difíciles tareas para la raza humana y por eso el mismo Santiago dice en los versículos 7 y 8 del mismo capítulo, que el hombre puede dominar a las bestias más feroces pero le cuesta más tomar control de sus palabras.

Practicar la disciplina del silencio nos ayuda a domar nuestras palabras. El ayuno de ruido y palabras nos posiciona mejor para escuchar ese silbo apacible que tanto necesitamos escuchar.